VIRGINIA PRIETO, amiga.

Profesora de la Universidad de Oviedo

 

Conocí a Gaspar García Laviana a través de Covadonga  Querol, con quien mantengo amistad  desde nuestra juventud. Ella era para mí un referente,  era diez años mayor que yo, pero hicimos  juntas el Preu, a finales de los 60.  Covadonga hacía muchas cosas, entre ellas  asistir a las Semanas Sociales que se celebraban  entonces. De la de Murcia me trajo unas  fotos, y en una de ellas estaba Gaspar. A él le  conocí en Oviedo, una vez que vino a Asturias a  visitar a su familia en Tuilla, y a mí me impresionó  mucho ese hombre, muchísimo; me impresionó  su necesidad del mundo, su fe profunda, su  forma de vivir el sacerdocio, porque era un hombre  muy pasional, muy vital, tenía una mirada  muy profunda, era muy comunicativo. Yo estaba  entrando en la facultad y viniendo, además, de  un pueblo era normal que admiraras a una persona  como Gaspar, por su palabra y por sus convicciones  serias, fuertes, decididas. Tenía una  personalidad arrolladora.   

Recuerdo que en aquellos encuentros, en  los que estaban también su hermano Silverio y  Covadonga, yo hablaba muy poco. Ellos tenían  gran capacidad para establecer cualquier tipo   «La expresión de  su rostro muestra  que murió en paz»  de conversación, y yo intervenía tímidamente pero lo retenía todo,  cazaba todo, porque me interesaba. En aquel tiempo, Gaspar estaba  en la parroquia de San Federico, en Madrid, y nos contaba cómo era  su vida allí, cosas de su vida cotidiana, como que hacía una hora de  oración personal antes de empezar a trabajar. Fueron conversaciones  que se me quedaron grabadas. “Yo sé muy bien lo que es un cura y  cuál es la misión de un cura”, decía Gaspar. Y añadía que un cura no  debía trabajar en fábricas ni participar en movidas. “Un cura lo que  tiene que hacer es vivir y ayudar a la gente”, decía, y lo recuerdo claramente  porque son frases que me volvieron a la mente cuando me  enteré de su decisión de tomar las armas.   

 Para mí, fue muy fuerte el contraste entre el Gaspar cura que yo  conocí y el Gaspar guerrillero porque yo me había quedado con la figura  del cura, de su espiritualidad, de su oración y, sobre todo, de su  convicción de que el ser sacerdote no era algo político ni social. Pero  pensando un poco cómo era él, no me extraña que se hiciera guerrillero  porque defendía las causas de los más pobres y de todo lo que  le pareciera que era producto de una injusticia. Y lo defendía a capa  y espada.   

 En la única carta que tengo de él, y que guardo como oro en  paño, me decía que había hecho todo lo posible por sacar adelante  su parroquia en San Juan del Sur, en Nicaragua, una parroquia en la  que vivió experiencias duras, como los asesinatos o violaciones de  catequistas. Tuvo que ser muy fuerte todo lo que ocurrió allí para que  Gaspar pasara de ser el sacerdote que yo conocí a ser un guerrillero.  Creo que no tuvo otra opción. Si hubiese tenido otro camino, lo hubiese  tomado porque arreos no le faltaban.   

 Su muerte fue un mazazo tremendo para mí. Le tenía mucho  aprecio, me resultaba una persona muy entrañable. Gaspar no era de  medias tintas, no era tampoco lo que se considera políticamente correcto,  no lo era en absoluto. Él hacía lo que le parecía que debía hacer, no lo que quería. Supongo que como mucha otra gente, yo viví  durante mucho tiempo una lucha interior por intentar conjugar el sacerdote  católico que yo había conocido con el guerrillero, con el Comandante  Martín, manejando bazocas, que no son precisamente  juguetes, matando gente, ¿por qué no decirlo?  

  Me resultó y me sigue resultando muy difícil conjugar esas dos  posturas porque entiendo que los católicos, sean o no sacerdotes, no  deben matar. Pero, en mi caso, esa contradicción se resuelve porque  conocí la capacidad de Gaspar para implicarse hasta las últimas consecuencias  en cualquier cosa que considerase una injusticia, y porque  no juzgo la intención de las personas; yo no soy quién para saber  si Gaspar hizo bien o hizo mal, pero sí para saber que si lo hizo es porque  consideró que era bueno. Nada más.   

 Recuerdo que tras su muerte, la prensa publicó una foto del cadáver  de Gaspar; tenía un orificio de bala en la boca, y esa imagen la  estuvimos viendo juntos su hermano Silverio y yo. “Es increíble la  paz que refleja”, dijo Silverio. Y era verdad, yo creo que ése es el resumen  final, que Gaspar resolvió su propia contradicción, si es que  alguna vez la tuvo, porque siempre estuvo en defensa de los más necesitados,  de los pobres. Y yo creo que acabó muriendo en paz.